Sin salida al mar y rodeado de vecinos más ricos y poderosos, Malaui ha sido durante mucho tiempo víctima de su geografía y su economía. Ahora se encuentra en el epicentro de una crisis que se gesta a más de cuatro mil 800 kilómetros de distancia. Mientras los agricultores luchan contra el aumento del precio del combustible y la creciente escasez de fertilizantes, existe preocupación mundial por el impacto en los cultivos. África, donde más de la mitad de sus mil 300 millones de habitantes dependen de la agricultura, es la región más vulnerable, junto con algunas zonas de Asia.
Malaui es un ejemplo extremo de la gravedad que podrían tener las consecuencias para la seguridad alimentaria. Los pequeños agricultores constituyen la mayor parte de los 22 millones de habitantes del país. Mientras se preparan para la temporada de siembra, el transporte de fertilizantes a las zonas rurales se está volviendo prohibitivo, si es que hay alguno disponible. El cierre efectivo del estrecho de Ormuz, en el marco de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, está interrumpiendo el suministro mundial de combustible y nutrientes para las plantas. “Mi mayor preocupación este año no es solo el precio, sino también la disponibilidad”, dijo Yashodhan Gharat, director de One Acre Fund en Malaui, una organización sin fines de lucro que apoya a agricultores en 10 países africanos.











