Las lectoras y los lectores escriben sobre los hogares monoparentales, los comentarios machistas de Florentino Pérez, la generación del 15-M y el viaje de Ayuso a México
Mi hijo tiene 10 años. Somos una familia monomarental. Y todavía clama al cielo que ni el Gobierno central ni el autonómico nos reconozcan oficialmente: sin censo real, sin políticas dignas, invisibilizándonos. Los datos son contundentes: los hogares monoparentales son el único modelo familiar en el que ha aumentado el riesgo de pobreza. Mientras tanto, las familias numerosas disfrutan de beneficios en polideportivos, colegios e incluso en la cesta de la compra en grandes superficies comerciales. ¿Y nosotras? La mayoría somos mujeres que sacamos adelante a nuestros hijos en solitario, sin apoyos institucionales, sin reconocimiento y, cada vez más, al borde del precipicio económico. Conviene aclarar también un error habitual: las familias divorciadas o separadas no son, por definición, familias monoparentales. Cuando existe una obligación legal del otro progenitor de contribuir económicamente, hay dos adultos responsables. La monoparentalidad real es otra cosa: es ausencia total de ese segundo sustento, legal y afectivo. Señores y señoras responsables: seamos serios. Igualar derechos y deberes no es un privilegio; es justicia.






