El segundo ataque llega cuando los paramédicos ya están sobre el terreno. Lo saben. Saben que puede venir un segundo impacto, que esa es la táctica, que el objetivo a veces no son solo los heridos del primero, sino quienes acuden a ayudarles. Lo saben y avanzan igual, con las medidas de seguridad que pueden permitirse, que nunca son suficientes. Porque ningún chaleco antibalas protege de lo que cae desde arriba.
Saben también que el atacante, Israel, está violando el derecho internacional humanitario, que establece de forma inequívoca la protección del personal sanitario. Y esperan que, si les matan, el mundo no se contente con la justificación de "daño colateral"; que se reconozca que no eran víctimas accidentales, sino objetivos.
En el sur del Líbano, como en Gaza, en Cisjordania, en Sudán o en Ucrania, ejercer la medicina es jugarse la vida.
Distintos expertos en derechos humanos han advertido que el modus operandi de Israel en Líbano busca replicar lo que ya hizo en Gaza. Lo que sigue haciendo, aunque ahora lejos del foco mediático: ataques reiterados contra instalaciones sanitarias acompañados de discursos que buscan justificarlos. Pero ¿cómo se justifica que, en las últimas semanas, decenas de centros de salud en Líbano hayan sido alcanzados o forzados a cerrar, y que más de 100 sanitarios hayan sido asesinados en los ataques o mientras intentaban asistir a los heridos?






