El fondo de becas creado tras la muerte de la primera fiscal de sala especializada en violencia contra las mujeres ha contribuido a cambiar la vida de más de 135 niños, niñas y jóvenes que perdieron a sus madres
El 4 de mayo de 2015, nos dejó Soledad Cazorla Prieto, la primera fiscal de sala especializada en violencia contra las mujeres. Su trayectoria estuvo marcada por una convicción firme: que la justicia debía mirar de frente a la violencia contra las mujeres. Pero también por una intuición que durante demasiado tiempo no ocupó el lugar que merecía en el debate público: que las víctimas de la violencia machista no eran solo las mujeres asesinadas o maltratadas, sino también quienes esta...
ban a su lado.
Desde el ejercicio de su responsabilidad como fiscal de sala, no tardó en darse cuenta de que los hijos e hijas de las mujeres víctimas mortales de violencia de género no podían ser apenas una nota al pie de los feminicidios. Tuvo muy claro que las vidas de estos niños y niñas tras el asesinato de sus madres debían importarnos. Vidas atravesadas por el trauma, la pérdida y, en demasiadas ocasiones, la precariedad. Menores que no solo habían sido testigos de la violencia, sino también víctimas directas de sus consecuencias más devastadoras. Se tardó demasiado en realizar de forma efectiva este reconocimiento, largamente demandado desde el feminismo, incluso en las estadísticas oficiales. Y cuando se hizo, ya era tarde para muchos.






