Cuando Soledad Murillo fue nombrada secretaria de Estado de Igualdad en 2018, la opinión fue unánime: era la mejor candidata posible. La socióloga y política, referente del feminismo en España y Europa, ya lo había demostrado una década antes como integrante del Gobierno que aprobó la ...

celebrada ley española contra la violencia de género. Por eso, también hubo estupor cuando, meses después, a su nombramiento le siguió un gran silencio. ¿Por qué no salía ella a contar a las periodistas los avances, retos y compromisos de una de las áreas estrella en un Gobierno progresista?

Lo explica en su último libro, Supervivencia de las políticas de igualdad. Entre la función pública y los partidos políticos. “Durante mi segunda experiencia en el Gobierno”, revela Murillo en el ensayo, “la agenda de igualdad solo pudo ser difundida por la ministra y vicepresidenta primera”, que entonces era Carmen Calvo. En Presidencia decidieron que los cargos públicos debían mantener un perfil público muy bajo, “una apelación a la prudencia difícil de entender”, escribe esta profesora universitaria. Porque a Calvo solo le preguntaban por asuntos “más candentes” que los avances en igualdad y a ella no la dejaban hablar. Hubo asuntos importantes que se explicaron poco y mal, como los nuevos permisos de paternidad o la reforma para que los hijos de padres maltratadores encarcelados pudieran ir al psicólogo aunque sus padres no quisieran.