Tras casi dos meses de ausencia y bajo la presión de sanciones contra sus hijos, Ortega reaparece con un ataque al republicano, a quien acusa de “perder la cabeza”, mientras la población interna confía en la presión de Washington para una transición
Daniel Ortega tenía 55 días de no comparecer en público. La noche de este 20 de abril, cuando volvió a plaza pública, se le vio muy distinto al acto anterior, ocurrido el pasado 23 de febrero, cuando inauguró de manera telemática un hospital en el Caribe de Nicaragua. Esa noche arrastraba los pies al caminar, se miraba alicaído y dio un discurso difuso y entrecortado; llegó incluso a confundir el cargo de uno de los alfiles más importantes del régimen, lo que provocó una corrección airada de Rosario Murillo, su copresidenta, siempre a su lado. Sin embargo, tras ese lapso de ausencia, este lunes reapareció enérgico, con el pelo y la barba retocados con tinte, el verbo encendido y dirigido, por primera vez, al presidente Donald Trump, a quien tildó de “desquiciado mental”.
Desde que el republicano regresó a la Casa Blanca, pero en especial tras la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero, el régimen había mantenido una retórica de “espera y cautela” para tratar de esquivar las presiones de Washington. Ni Ortega ni Murillo nombraban a Trump en sus apariciones públicas y, al contrario, se mostraban fervorosos de la “paz y el entendimiento”, mientras en privado mantenían contactos con la administración estadounidense. Unos contactos que han dado como resultado algunas concesiones de Managua, como la excarcelación de algunos presos políticos y la desarticulación del trampolín migratorio para cubanos y venezolanos en el capitalino Aeropuerto Augusto C. Sandino.






