Como una rueda pinchada, el Real Madrid se fue desinflando poco a poco, hasta reventar en un día grande, precisamente cuando estuvo a punto de hacer una gesta

Alarguemos la mirada. Florentino Pérez intentó intervenir, pero cambió la rueda equivocada al prescindir de Xabi Alonso. El equipo quedó en manos de Álvaro Arbeloa y el poder en mano de los jugadores. No resultó. El entrenador perdió autoridad, los jugadores pasaron a ser sospechosos y la grada se irritó. Transición abortada desde el principio, con jugadores de clase mundial, pero que fueron perdiendo confianza....

En lo futbolístico poco se le puede reprochar a Arbeloa que, como recomendaba César Luis Menotti, puso el váter en el baño, el sofá en el salón y la mesa en el comedor. También intentó refrescar al equipo con jugadores de la cantera ante la falta de recursos. Poco más podía hacer.

Hay otros rasgos de su conducción, entre lo emocional y lo político, que merecen análisis. Fue indulgente con las figuras, gesto que agradecerían en sus casas, pero no en el campo. Fue funcional al club, atacando a los árbitros y mimando a los cracks con un coste: la complacencia no construye autoridad. Su discurso fue relajado, incluso en los peores momentos, y siempre apelando al orgullo, como si recordar la historia funcionara como energético. Careció del punto de fuego que el Madrid necesita como nunca, porque el equipo arrastra un déficit impropio de su leyenda: le faltó alma en muchos partidos.