Al final, privar al otro de su condición implica privarse también a uno mismo
La inhumanidad, ese viejo fantasma que la filosofía ha tratado de exorcizar desde Platón, sigue ahí, tan viva como siempre, quizá más humana que el propio hombre y hasta podría considerarse su invento más perdurable. Lo inhumano no procede de las bestias ni de las máquinas: es la conciencia refinada que ha aprendido a justificarse. Los filósofos lo sabían, cada uno a su manera: lo inhumano no es lo otro del hombre, sino su verdad más íntima y de la que prefiere apartar los ojos....
Nietzsche no los apartó, si bien a condición de afirmar que la inhumanidad es una forma superior de higiene espiritual. La compasión, esa invención de los débiles, debía ser purgada del alma moderna, decía tras arrojar a Dios por la ventana y redecorar el universo con estrellas recién creadas por él mismo. Lo inhumano, en Nietzsche, no es monstruoso: es una especie de frescura. El superhombre no odia al otro, simplemente no lo necesita. El dolor ajeno no lo conmueve porque ha aprendido a admirar el suyo propio. Lo verdaderamente inhumano, para Nietzsche, sería seguir gimiendo bajo el peso de una moral enferma y espectral. En su mundo no hay víctimas, sólo jugadores que apuestan fuerte en la ruleta de la historia. Lo inquietante de ese juego de casino cósmico es que desaparece el otro y sólo queda el eco de una risa resonando en el abismo.






