A la hora de sostener la necesidad de la creencia en algún ser omnipotente y garante final de la justicia, suele evocarse un pasaje célebre de Los hermanos Karamazov de Dostoievski. La moral se sustentaría en la esperanza de recompensa o en el temor al castigo, de ahí que la desaparición de la referencia a un principio trascendente supondría la matriz del nihilismo: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Todo, incluidos los extremos de barbarie en los que el mundo está hoy inmerso y que, de Oriente Próximo a las fronteras meridionales de Estados Unidos, sin excluir zonas de Europa, común denominador en la liberación de la pulsión tendiente al abuso de quienes son percibidos como débiles.
No cuestionando el argumento de que la moralidad exige confianza en que algún componente de nuestra condición posibilita un comportamiento no limitado a la darwiniana “lucha por la subsistencia”, quiero sin embargo apartar el foco de la idea de dios y proyectarlo sobre otra renuncia que efectivamente abre las puertas al nihilismo y con ello a la barbarie, al repudio de toda exigencia subjetiva por contribuir a la dignificación de nuestra especie. Me refiero a la negación, tan presente en nuestra cultura, de la idea de la singularidad vertical del ser humano, idea un tiempo sustentada en postulados religiosos, pero perfectamente reivindicable, y de hecho reivindicada, por el laicismo ilustrado.






