¿Qué valor tiene lo humano, finito e imperfecto, si podemos fabricar algo que imita sus habilidades y esquiva su vulnerabilidad? Descubrirlo es la tarea de los próximos años
Hay años que parecen décadas. Se diría que no pertenecen al calendario ordinario sido a otra escala, mítica y monstruosa. 2025 ha sido uno de esos años. Lo hemos vivido copiosamente, sobreestimulados, sobreexcitados, y sobrevendidos; consumidos por una energía que sólo me sale llamar apocalíptica. Suspendidos en un estado de saturación sin clímax, con la fuerte intuición de algo que se acaba, pero sin la visión clara de lo que viene a reemplazarlo. Pero la sensación de que no será mejor que lo que acaba, y el miedo inconfesable de que lo reemplazado podríamos ser nosotros. Siempre hay alguien más joven y hambriento bajando las escaleras detrás de ti pero ¿cómo competir contra una infatigable, insaciable y eterna mente sintética?
Estar tan ciegos cuando tenemos los ojos y los oídos embadurnados de datos produce una clase especial de disonancia. Primero, porque nos obliga a sostener múltiples hipótesis al mismo tiempo, y eso consume muchos recursos mentales. A diferencia de la IA insaciable, nuestro cerebro es económico y se resiste a hacer más de lo habitual. Segundo, porque tenemos una fuerte intolerancia a la ambigüedad. Hemos evolucionado en un contexto en el que lo ambiguo era casi siempre un vecino con sed de venganza, una hiena glotona, una baya letal. Somos el único animal enfermo de futuro, dividido entre nuestra ambición desmedida y una gran debilidad por la conspiración. Cuando no vemos lo que hay detrás de las montañas, nos sentamos a catastrofizar.






