Frente a un mundo que tiende a simplificar lo complejo, los galardonados nos recuerdan que el conocimiento verdadero nace de la creatividad, de las grietas en lo que sabemos y de la cooperación
Este año se cumple un siglo desde que la física descubrió que, en el corazón de la materia, la realidad ya no obedecía las leyes del sentido común. En las escalas diminutas de los átomos y las moléculas, el mundo reveló una lógica distinta, más sutil y ambigua, que desbordaba los moldes trazados por Galileo y Newton. La teoría cuántica es célebre por sus paradojas: las partículas pueden comportarse también como ondas, pueden existir simultáneamente en varios estados —incluso mutuamente contradictorios—, y pueden entrelazarse de tal modo que sus propiedades correlacionadas, sin importar la distancia que las separe.
El Premio Nobel de Física de este año ha sido concedido a tres científicos —John Clarke, Michel H. Devoret y John M. Martinis— por haber llevado uno de los fenómenos más extraños del mundo cuántico, el efecto túnel, a la escala humana.
El túnel cuántico ocurre cuando una partícula atraviesa directamente una barrera que, según la física clásica, sería infranqueable. Es como lanzar una pelota contra una pared y verla aparecer intacta al otro lado, sin que la pared sufra el menor daño. Este fenómeno, que está en la base del funcionamiento de los transistores —los diminutos mecanismos que hacen posible los algoritmos de la inteligencia artificial—, suele desvanecerse en sistemas más grandes. Por eso no vemos personas atravesando paredes en la vida cotidiana.













