El mayor riesgo que tiene hoy la Universidad es renunciar a su adaptación a la sociedad o realizar cambios ‘lampedusianos’ que sean mera cosmética para que realmente nada cambie
La Universidad es, por definición, una institución dedicada al conocimiento, a la reflexión crítica y al progreso social. Sin embargo, pocas organizaciones muestran tantas dificultades para cambiar como la propia Universidad. El contraste es evidente y, en ocasiones, desconcertante: la institución que investiga, innova ...
y forma a las nuevas generaciones suele ser, paradójicamente, reticente a transformar el marco institucional en el que desarrolla su labor.
El peso de la trayectoria histórica de la Universidad en toda Europa condiciona la adopción de transformaciones. Las tradiciones, los rituales, las estructuras organizativas y las formas de gobernanza no son simples vestigios del pasado; para muchos, constituyen la esencia misma de la institución. Cambiarlas despierta temores: perder identidad, diluir la autonomía académica, someter el saber a lógicas ajenas o mercantilistas. El miedo al cambio, en este contexto, suele presentarse como una defensa del conocimiento frente a la incertidumbre.
Pero conviene pararse a reflexionar, con honestidad, sobre dos cuestiones: ¿es posible mantener las estructuras universitarias inmóviles ante un mundo líquido en constante cambio? ¿La defensa del mantenimiento de las estructuras es por el convencimiento de su buen funcionamiento, o por el miedo al cambio y a salir de ciertas áreas de confort?






