Mientras la comunidad internacional mira hacia otro lado, el hambre, la violencia sexual y las enfermedades devastan el país africano en guerra

En muchos de los conflictos más letales del mundo, las víctimas humanas y su memoria suelen quedar diluidas para el gran público en un mar impersonal de cifras. Cuando la magnitud de la tragedia supera un cierto umbral, y sobre todo cuando acaece en las coordenadas erróneas, los nombres y las historias segadas por la violencia tienden a redondearse con gran frialdad.

Sudán ni siquiera tiene un número al que aferrarse. Cuando se cumplen tres años del inicio de la encarnizada guerra civil en el país entre el ejército y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), el 15 de abril de 2023, nadie conoce cuántas personas han fallecido. Ni como consecuencia directa de la contienda ni por la grave crisis humanitaria que ha causado. De lo único que se tiene certeza es de que se trata de un dígito estremecedor.

“Cuando ni siquiera podemos hacer una estimación aproximada del número de personas que han perdido la vida, es evidente hasta qué punto todo el sistema se ha desmoronado”, reflexiona Javid Abdelmoneim, presidente internacional de Médicos Sin Fronteras (MSF). “Y quizá esto también sea un indicio de lo desatendido e ignorado que está Sudán”, desliza.