Las pocas informaciones que llegan sobre la guerra civil en el país africano bastan para reclamar una reacción urgente de la comunidad internacional

La guerra civil en Sudán, el tercer mayor país de África tras Argelia y la República Democrática del Congo, está provocando un desastre humano a una escala difícil de imaginar. Casi 12 millones de desplazados, según Naciones Unidas, de los cuales 7,5 millones están dentro del país y el resto, casi todos repartidos entre países casi tan pobres y conflictivos como el suyo, como Chad y Sudán del Sur. Según la ONU, 21 millones de sudaneses —dos de cada cinco— pasan hambre, y 375.000 viven una hambruna “catastrófica”.

Solo durante los nueve primeros meses de 2025, 1,5 millones de casos de malaria, 120.000 de cólera —y 3.000 muertes, solo contando las registradas—, así como la tasa de cobertura vacunal más baja del mundo. Los sudaneses, que no tienen ninguna generación que no haya vivido la guerra, sufren desesperadamente ante un conflicto que arde descontrolado ante la indiferencia de las grandes potencias globales.

Hace ya dos años y medio que la frágil convivencia entre el Ejército regular sudanés y las milicias Janjaweed —rebautizadas como Fuerzas de Apoyo Rápido o RSF, por sus siglas en inglés— estalló por los aires con toda violencia. Desde entonces, ambas fuerzas han competido por el control del país y de sus recursos naturales, con una ferocidad alimentada por rivalidades culturales o mero racismo, y con el apoyo, tácito o explícito, de otros países de la región.