El aprendizaje infantil no tiene por qué producirse siempre sentado y quieto. El movimiento es un pilar básico del desarrollo físico, emocional, relacional y cognitivo de los menores
Cinco y media de la tarde en el parque del barrio. Se ocupan columpios y areneros; unos niños y niñas se dispersan fuera del recinto para jugar al balón o montar en bici; otros buscan hormigueros o intentan escalar el único árbol que hay. Conviven en ese parque tantas miradas como estilos de crianza. Algunas madres envidian a quien menos se mueve;
href="https://elpais.com/elpais/2020/01/13/mamas_papas/1578903617_917808.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/elpais/2020/01/13/mamas_papas/1578903617_917808.html" data-link-track-dtm="">otras contienen la respiración (sin intervenir) mientras su hija alcanza la primera rama. También hay quien, en cuanto su hijo se aleja un poco de la valla, empieza a temblar. El movimiento en la infancia no es recreo ni premio. Es un pilar básico del desarrollo físico, emocional, relacional y cognitivo. Tampoco debería quedar reservado al tiempo libre. Es cierto que muchas escuelas carecen de espacios ideales, pero su papel es clave a la hora de facilitar ese movimiento que influye en el desarrollo posterior. Preparar espacios interiores, adaptar los exteriores y organizar la jornada de manera que el cuerpo no sea un estorbo debería ser lo básico, pero sigue siendo patrimonio de pocos centros.






