Son las ocho y media de la tarde de un martes cualquiera. Después de tres horas en el parque, y tras retrasar los quehaceres del hogar hasta ese momento, se escucha un “papá, juega conmigo” desde el salón. Esa petición del niño es para una actividad más que habitual, ya sea jugar a las casitas, las carreras o la pelota. Un padre anónimo mira cansado a su pareja, que le anima a ir. Como pasa cada día. Pero para el menor es vital estar activo de manera lúdica.
“El juego simbólico es aquel en el que los niños y niñas van a usar su imaginación. Esto es algo muy importante para representar situaciones, personajes, historias… Por ejemplo, cuando se hace como que una caja es un coche, un plátano, un teléfono… Es una herramienta fundamental para el desarrollo emocional, cognitivo y social de los niños y las niñas”, define Lucía Sánchez Casas, psicóloga y BCBA [profesional certificado en análisis de comportamiento aplicado]. Los menores comienzan a usarlo alrededor de los dos o tres años hasta los seis o siete, según la experta. “Al principio, es simple y se basa en la imitación de acciones cotidianas, uso de objetos… A partir de los tres años ya es más elaborado, porque hay secuencias de acciones, aparecen emociones como cuidar o la empatía. Conforme va avanzando, es más social”, detalla. Pero en algunas ocasiones, a los padres les puede costar estar jugando, ya sea por cansancio, aburrimiento u otra razón, tal y como argumenta Sánchez.






