Son poco más de las ocho de la mañana de un día de julio. Aporreo el teclado del ordenador, aprovechando que mis hijos aún duermen y reina el silencio. Solo quien es padre sabe valorar en su justa medida ese silencio. Por el ventanal del salón veo un jardín y la calle, que empi...

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eza a desperezarse. Una vecina pasea al perro. Una pareja joven regresa del gimnasio. Un señor de los servicios municipales de limpieza se toma un descanso aprovechando la sombra de un árbol. De repente, el grito desgarrado de un niño rompe el sosiego. El grito se repite, una y otra vez, cada vez con más intensidad, cada vez más cercano. En mi campo de visión aparece entonces el niño, de unos cuatro años. Lo hace acompañado de su madre, que tira de él hacia el coche. Creo entender, por la voz exasperada de ella, que tiene que llevarlo al campamento para irse a trabajar. Que ya van tarde.

El niño se niega a subir al coche. Patalea. Grita más fuerte. Siento desde mi ventana la desesperación de la madre. Su angustia. Empatizo con ella —hemos pasado muchas de esas—. De repente, hace su aparición la que intuyo que es la abuela. No media con el niño, sino que se dirige directamente a la madre. “¡Esto es a lo que lo habéis acostumbrado!”, le reprocha. Empatizo aún más con la madre, que hace de tripas corazón, pasa por alto el comentario de la supuesta abuela, y mete al niño en el coche, pese al sofocón de este, sin perder más los papeles. Hemos sido muchas veces ella.