Colosales pantallas de LED, fachadas que solo se miran a través del móvil... Da igual la latitud y la historia de cada lugar, en cuanto uno pisa el corazón comercial de una gran urbe todo se vuelve un gigantesco anuncio
¿Se han fijado en que todos los centros de las grandes ciudades empiezan a parecerse peligrosamente entre sí? Da igual la latitud y la historia de cada lugar, incluso el idioma acaba resultando irrelevante. Toronto, Nueva York, Tokio, Londres, Madrid. En cuanto uno pisa el corazón comercial, todo se vuelve un gigantesco anuncio. Colosales videopantallas de LED que parpadean con la misma cadencia hipnótica. Fachadas que solo se miran a través del móvil. Paisajes urbanos que han aprendido a vender, y a hacerlo deprisa, con amabilidad furiosa.
Y ahora imaginen que alguien les dice que buena parte de la culpa la tienen Walt Disney y uno de los mafiosos más sanguinarios del siglo XX. De forma literal, más cercana a un hecho comprobable que a un guiño retórico. Pues ese alguien soy yo.
26 de diciembre de 1946. En mitad del desierto de Nevada, 100.000 bombillas se encienden a la vez y dibujan una llamarada vegetal, un ave imposible hecha de luz eléctrica. Benjamin Bugsy Siegel inaugura el Flamingo, el primer casino de Las Vegas cuando Las Vegas es aún poco más que un poblacho polvoriento. Está abriendo un negocio pero, sin saberlo, también está ensayando una forma de ciudad. Una ciudad concebida para ser vista, atravesada en coche, consumida, ordeñada, adorada y olvidada con la misma rapidez. Una ciudad donde cada centímetro frontal de fachada compite por la atención y cada kilómetro trasero —cada una de las playas de aparcamiento que alimentan esos hoteles y esos casinos que la colonizarán— acepta, sin demasiada protesta, su grisura funcional.







