La vida ciudadana trata de abrirse paso en un espacio urbano cada vez más colonizado por la publicidad, de las lonas en las fachadas a los túneles del metro, pasando por las últimas uvas del año o los stands promocionales

Tengo varios amigos, actores y actrices, que trabajan en publicidad, así que a veces veo anuncios y digo, ¡mira, Menganito mostrando una gran sonrisa profidén en la clínica dental! o ¡mira, Fulanita comiéndose con gran satisfacción un bol de cereales azucarados! o ¡mira, Pituti caracterizado como un alegre pizzero! “Ey, ¡yo conozco a ese!”, añado con indisimulado orgullo; también con la extrañeza que produce observar a alguien que conoces hacer de otra persona, como si estuviera poseído.

Estos amigos y amigas son gente con buen aspecto, que transmite seguridad y confianza, con una excelente dentadura (esto es fundamental), pero al mismo tiempo podrían ser cualquiera de nosotros, por eso nosotros pensamos que debemos ser ellos y encargar una revisión en esa clínica dental, desayunar esos cereales azucarados u hornear esa misma pizza, alegremente, en el horno de nuestro hogar (en los anuncios más que casas o pisos, hay hogares).

El mundo de la publicidad, donde, a cambio de ingresos, habitan puntualmente estos amigos y amigas, es un mundo paralelo en el que las cosas son como deben de ser, todo está bien acabado, en estilizados diseños y colores planos, la gente va bien vestida, pero sin estridencias, los perros son lustrosos, las casas como de Ikea (pero en el buen sentido), los ciudadanos sonríen al espectador y, en ocasiones, trotan a cámara lenta con el cabello al viento. Pero el mundo de la publicidad, casi desde sus orígenes, trata insistentemente de colonizar el mundo real (si es que tal cosa existe), igual que la Nada se va comiendo a Fantasía en La historia interminable.