En sociedades donde el cuidado familiar se da por supuesto, pocas veces se cuestiona su fundamento. Pero cuando el vínculo es frágil, lo que parecía evidente se puede convertir en un dilema ético

El teléfono suena. Es el hospital. No hay tiempo para revisar el pasado. La vejez irrumpe sin preguntar cómo fueron los vínculos. De pronto, la biografía deja de ser recuerdo y se convierte en responsabilidad....

En sociedades cada vez más envejecidas, donde la atención a las personas mayores sigue recayendo en gran medida en la familia, esta escena se repite. Pero no todas las historias familiares están hechas de cercanía. Cuando los padres envejecen aparece un dilema incómodo: ¿cuidamos porque queremos o porque debemos?

La cuestión deja de pertenecer solo al terreno de los sentimientos y entra en el de la moral. El cuidado filial no puede resolverse solo en términos de lo que sentimos, sino también de lo que creemos que nos debemos unos a otros. Es una exigencia que no desaparece cuando el afecto ya no es el mismo. No se sostiene solo en el amor, pero tampoco puede reducirse a una deuda automática. Remite a normas sociales, a la vulnerabilidad que reaparece y a una historia compartida que, incluso cuando fue difícil, no desaparece del todo.