“No está muerto lo que puede yacer eternamente”, escribe Lovecraft. Hay lugares que siguen abiertos mucho después de haber dejado de estar vivos
Tendemos a separar los restaurantes según grandes dicotomías: de cocina creativa o tradicional, negocio familiar o gran empresa, de diario o de grandes ocasiones... pero no solemos fijarnos en la distinción entre restaurantes vivos y restaurantes muertos. El sábado comí en un restaurante muerto.
Llevaba ya doscientos kilómetros a la espalda y me quedaban unos cuantos más para llegar a casa. Eran las tres de la tarde y me vencía la modorra. A la vista de un restaurante a pie de carretera, me desvié. Dejé el coche en el descampado polvoriento y entré, pisando una alfombra de serrín y linóleo, a un salón inmenso decorado con cabezas de jabalí en las paredes, carritos de plástico con cubos y bayetas en los pasillos y, vistiendo las mesas, manteles de tejido de bata de parvulario a cuadros azul cielo y rosa chicle. Encima de cada cornisa, figuritas. Entre las figuritas, luces de Navidad de hace cinco Navidades. Y polvo.
“No pasa nada”, me dije. “Aquí dentro puede haber una abuela en bata que cocine bien”. Al fin y al cabo, como dice el cartel de la puerta, llevan más de cincuenta años abiertos. Me acercaron la hoja del menú enfundada en un plástico de archivador. Olía mal.






