Los productores y restaurantes que utilizan lo genuino como sinónimo de calidad retratan un paisaje alimentario en el que abundan los sucedáneos, las imitaciones y la comida de ninguna parte

En un escaparate de San Lorenzo del Escorial se anuncia tarta con “queso de verdad”. El cartel, escrito a mano, está acompañado por una ilustración y otros elementos decorativos —como troncos, paja o un mantel a cuadros— que refuerzan la noción de materia prima artesana y de proximidad. La tienda es, en efecto, el reflejo de un emprendimiento familiar: vende quesos de cabra, vaca y oveja elaborados por La Cabezuela en Fresnedillas de la Oliva, una localidad madrileña de unos 1.800 habitantes situada a 20 kilómetros de allí. ...

Al mismo tiempo, en un supermercado cercano se exhiben varias hogazas de pan. Cada envoltorio transparente luce la marca, Maestra, y asegura ser “pan de verdad”. Esta marca es una de las muchas que elabora el gigante de las masas congeladas Europastry, un grupo empresarial que cuenta con 29 fábricas repartidas entre España, Portugal, Holanda, Rumanía, México y Estados Unidos, y que se define como “multilocal”.

El queso de la tienda y el pan del lineal son diferentes, pero convergen en un lugar: la autenticidad como argumento de venta. No es una mera coincidencia ni tampoco una excepción. Existen diversos productos, ingredientes y hasta locales de restauración que eligen lo verdadero como seña de identidad. Los ejemplos abundan, y van desde unas tajás de tocino frito elaboradas en Villanueva de la Jara (Cuenca), cuyo envase enfatiza que son “las auténticas!!” con doble signo de exclamación, hasta un Domino’s Pizza de gasolinera que presume de utilizar “100 % mozzarella real” en un llamativo cartel junto a los surtidores de combustible.