Se trata de construir una marca, aunque haya que simular algunas cosas, inventar algún mito o pasar por alto cómo funciona realmente la cocina
La publicación en 2018 de Denominazione di origine inventata, del historiador Alberto Grandi, fue un escándalo en Italia. En su libro, Grandi afirma que muchos iconos de la gastronomía italiana como la pizza o la carbonara no tienen orígenes históricos tan remotos como querrían sus compatriotas, “que buscan su identidad en la comida y en el fútbol”. El profesor, tras años de investigaciones, concluye que estas y otras ...
recetas como la del panetone son producto de una influencia norteamericana muy reciente y del viaje de ida y vuelta de los emigrantes italianos a mediados del siglo XX. Con este ensayo (y con el pódcast que dirige), Grandi ha incomodado a buena parte de los políticos y hosteleros de su país, pero también ha abierto un complejo debate sobre la autenticidad. En España, donde los procesos de turistificación y foodieficación son tan intensos como allí, todavía no ha surgido una polémica tan apasionada, quizá porque, como recuerda Rosa Tovar, gastrónoma y asesora de chefs, “nosotros no presumimos tanto de las maravillas que tenemos”. Lo que sí que ha ocurrido es que elaboraciones más o menos contemporáneas como el cachopo asturiano, la marinera murciana o el campero malagueño, se han convertido en reclamos turísticos muy populares, y en sus correspondientes territorios se rebuscan orígenes remotos y casi míticos para dotarlos de esa codiciada autenticidad tan difícil de definir.







