Los padres deben crear un espacio seguro donde sus hijos no se sientan juzgados desde la competitividad insana con hermanos o amigos, aceptando su individualidad y ritmo de evolución

Las comparaciones son odiosas. Y en el caso de los niños, que tienen menos herramientas de gestión emocional que un adulto, les pueden generar frustración y afectar a su autoestima. Lo que en principio puede ser una estrategia de los padres para animar a sus hijos a mejorar se puede convertir en un freno que les genere malestar si no se plantea de la manera adecuada. “

rel="" title="https://elpais.com/mamas-papas/2025-11-25/la-infancia-de-ahora-es-mejor-que-la-de-antes.html" data-link-track-dtm="">Puede parecer inocente, incluso motivador, pero la comparación normalmente tiene el efecto contrario, porque el mensaje que recibe el niño es que le falta algo y no vale lo suficiente”, explica Belén Robles, psicóloga infantil-juvenil de Afectiva, escuela de desarrollo emocional.

Equiparar a un menor con otro puede crear una competitividad insana con familiares, como hermanos y primos, o con amigos. “Se sienten en la obligación de cumplir expectativas que les pueden resultar inalcanzables y se genera mucha rivalidad, además de baja autoestima y vergüenza al no sentirse valorados como el otro, lo que debilita los vínculos”, asegura Robles. “Es importante respetar la individualidad del niño y su propio ritmo para centrarse en su evolución y esfuerzo sin tener siempre un referente al que imitar, a la vez que destacar sus alternativas para conseguirlo, como poner el foco en los logros y mejoras de los hijos”, agrega. De esta manera, sostiene la psicóloga, se genera confianza y motivación interna al sentirse valorado por sí mismo.