La muerte accidental de un estudiante estadounidense en Barcelona se convierte en las plataformas en un crimen cometido por inmigrantes

En una sobremesa, la conversación desemboca enseguida en el tema del momento: ¿pero a este chico lo han matado? La pregunta supone una especie de aldabonazo al amor propio. No importa que los periodistas hayamos contado que las cámaras lo grabaron cayendo, que la autopsia descarte indicios de criminalidad o que p...

rácticamente desde un inicio los Mossos considerasen como hipótesis más probable que fue un accidente. Al final, a la gente en general, a aquella mayoría que escucha las noticias de refilón en la tele, a quienes no siguen ningún medio de comunicación y la información les llega en vídeos de pocos segundos en las redes sociales, les ha quedado la misma música de fondo: a James Gracey lo mataron para robarle el móvil mientras pasaba una noche de fiesta en Barcelona.

Gracey era un joven de 20 años, estudiante de contabilidad en la Universidad de Alabama, que murió la madrugada del martes en Barcelona. Estaba de spring break, unas vacaciones escolares de primavera célebres en Estados Unidos, y eligió Barcelona —como decenas de miles de turistas al año— para pasar unos días con unos amigos. A las tres de la mañana seguía de fiesta en la discoteca Shoko, en el frente marítimo de la ciudad. Se separó de sus amigos, que se empezaron a preocupar cuando vieron que no regresaba al apartamento que habían alquilado a través de Airbnb en la ronda de Sant Pere, en el centro de la capital catalana. La familia y sus amigos denunciaron su desaparición. Las peores noticias se confirmaron el jueves, cuando los buzos de los Mossos hallaron su cuerpo en el agua a cuatro metros de profundidad.