Llevaba muy poco tiempo en España y era la primera vez que ponía un pie en un tribunal. Una profesora de la Escuela de Periodismo de este diario nos había enviado a un juzgado de lo penal en Madrid para que aprendiéramos a escribir crónicas judiciales. Recuerdo estar sentada en una sala donde un grupo de manteros senegaleses esperaba, junto a un abogado, su turno para entrar. Entonces, un hombre corpulento, acompañado de una mujer, pasó a mi lado. Alcancé a oír algo parecido a “el juicio de los negritos se va a demorar”. Se me heló la sangre. Acababa de llegar de Francia, donde solo se escucha ese tipo de lenguaje en boca de los votantes más radicales de Marine Le Pen o Éric Zemmour. Pero no estaba en la barra de un bar ni en un mitin de Vox, sino —nada menos— que en una institución judicial. Poco después me percaté de que, para colmo, ese hombre era el juez que iba a instruir el caso de esos chicos. Desgraciadamente, el juicio se aplazó, me fui a otra sala y no supe más. Salí del tribunal bastante turbada, preguntándome cómo alguien capaz de esencializar a un colectivo y deshumanizarlo, disfrazando su racismo ordinario de seudopaternalismo, estaría en condiciones de emitir un juicio justo. ¿Cuánta empatía podría movilizar ese hombre ante personas que, por lo visto, ni siquiera consideraba sus semejantes?