Quizás aquel 24 de marzo haya sido el momento en que la Argentina perdió el eje que le había dado sentido durante muchas décadas: la construcción a largo plazo, esa esperanza

Quizás ese fue el día en que todo se jodió. Es tonto buscar un día decisivo: los procesos no son así, son construcciones largas y complejas. Pero quizás ese fue el día en que todo se jodió: 24 de marzo de hace medio siglo....

Desde el principio de sus tiempos, la Argentina fue “el país del futuro”: uno que se basaba en la promesa de que algún día sería grande. Era creíble, parecía posible: la pampa esperanzaba y por eso llegaron, hace más de cien años, millones de inmigrantes de la Europa pobre dispuestos a sacrificarse para que sus hijos vivieran vidas mejores en un país mejor. “M’hijo el dotor” sintetizaba todo eso.

Parecía que lo conseguirían. En esos días ilusionados pasó por Buenos Aires un presidente francés que, siendo francés, se creyó que debía ser gracioso y dijo que sí, que la Argentina era el país del futuro pero lo malo era que seguiría siéndolo toujours. Durante décadas la condena de Clemenceau tuvo sentido: el eje de nuestra idea de nosotros mismos estaba siempre un poco más allá, en un futuro que mejoraba tanto los presentes.