Los aliados de la OTAN deben mantenerse firmes en el rechazo a verse arrastrados a la acción militar ilegal de Trump y Netanyahu
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dado sobradas muestras de utilizar la temeraria técnica apostadora del doble o nada como estrategia negociadora en el ámbito político y militar. Sin embargo, el mandatario parece no caer en la cuenta de que lo que puede ser válido en una mesa de juego resulta completamente inaceptable tanto en el campo de las relaciones internacionales como en el campo de batalla. Y menos aún entre países aliados a los que ni se puede ni se debe amenazar. Pero eso precisamente es lo que Trump ha hecho con la OTAN, la organización que ha protegido Europa occidental desde el final de la II Guerra Mundial. Y la respuesta europea no ha podido ser más pertinente y rotunda.
Después de haberse saltado el derecho internacional al iniciar junto a Israel una guerra no provocada contra Irán; después de que la realidad esté desmoronando sus triunfalistas declaraciones sobre una aplastante y rápida victoria, y después de comprobar cómo la escalada bélica alrededor del estrecho de Ormuz, por donde transitan los hidrocarburos del Golfo, puede tensar la economía mundial, Trump ha exigido a sus aliados que envíen sus buques de guerra a la zona para proteger las rutas marítimas y doblegar a los iraníes. No ha sido una petición cortés, o una propuesta amistosa, sino una auténtica orden del presidente de EE UU acompañada con uno de sus habituales latiguillos admonitorios en el que asegura que la OTAN tiene un futuro “muy malo” si no sigue sus instrucciones.







