La forma para que Europa no se vea arrastrada al turbulento conflicto provocado por Trump y Netanyahu es una posición común

El ataque militar de Estados Unidos e Israel contra Irán iniciado hace ocho días no es otro enfrentamiento puntual, como los vividos en los últimos años, sino una guerra abierta de agresión desencadenada por Donald Trump y Benjamín Netanyahu. Apenas un día antes del primer ataque, iraníes y estadounidenses todavía negociaban en Ginebra un acuerdo que evitara la guerra. Resulta evidente que, mientras esto sucedía, Trump ya estaba decidiendo dar el primer golpe. Es falaz confundir la condena de esta acción unilateral y contraria al derecho internacional con cualquier tipo de respaldo al siniestro régimen iraní que ha asfixiado a su población durante medio siglo y ha exportado el terrorismo. La teocracia de los ayatolás representa todo lo contrario de un modelo de libertades y derechos, pero su caída no puede ir acompañada del grado de destrucción que se comienza a atisbar en Irán, la muerte de todavía más inocentes, y el riesgo real de estallido bélico a gran escala en Oriente Próximo y la desestabilización global de la economía.

Porque, entre otras cosas, no está claro cuál es el futuro de la población iraní tras haber sido convertida de manera frívola por Trump en daño colateral. No se sabe cuál es el objetivo real del ataque. El asesinato del ayatolá Jameneí no ha traído un derrumbe del régimen. Prácticamente durante cada día de esta larga semana, Trump ha ido anunciando una visión cambiante para el país; desde un levantamiento popular a la negociación con algunos de los todavía gobernantes iraníes para una transición o una continuidad, pasando por la rendición total. Este mismo sábado amenazó con la “destrucción total”. Si hay un plan, no hay explicación. El único móvil apreciable es la ostentación de superioridad militar de Estados Unidos y la fascinación que esta produce en la Casa Blanca. Mientras, el número de muertos aumenta cada día que pasa.