Un plato primigenio, humilde y delicioso, que tiene tantas versiones como familias. Esta es una receta infalible de abuela
El título de esta receta debería haber sido “migas de mi abuela”, en primer lugar, porque es de veras su receta y, en segundo lugar, para que nadie se me ponga chulo y me quiera convencer de que las migas no se hacen así y que se hacen asá. Basta de dogmatismos migueros. Mi abuela María, que había nacido en Filipinas, que quedó huérfana y se crió en un internado de Aranjuez, y que vivió en Madrid hasta que murió a los 92 años, cortaba el pan sentado en cubitos menudos, no lo desmigaba en pedacillos amorfos como es quizá más común, y yo las preparo como ella porque me da la real gana.
Las migas tal como las conocemos hoy día son en origen un plato de aprovechamiento de pan duro de origen pastoril que se acompañan con lo que uno tenga a mano, embutidos, carnes y verduras, y para cuya sazón no pueden faltar el ajo y el pimentón dulce. Parece que la primera mención a una receta de migas en un texto impreso se recoge en el famoso recetario de Francisco Martínez Montiño, Arte de cozina, pastelería, vizcochería y conservería publicado en 1611. Montiño, cocinero de tres reyes, cita unas tales migas de gato hechas solo con corteza de pan, cocidas primero en agua y rehogadas luego con aceite.






