Cada vez hay más establecimientos con opciones, pero la verdadera diferencia sigue estando en los protocolos de cocina y en evitar la contaminación cruzada

Madrid es una ciudad que invita a improvisar. Bares abiertos hasta tarde, terrazas en cada esquina y planes que empiezan con un simple “vamos a picar algo”. Para una persona celíaca, sin embargo, ese gesto espontáneo casi siempre viene acompañado de una pequeña crisis existencial. Antes de sentarse a la mesa hay...

que pensar en freidoras compartidas, utensilios mal lavados o especias con trazas de gluten (y sí, incluso en si el camarero ha utilizado el mismo abridor para una cerveza con gluten y una sin).

En una ciudad donde cada vez más restaurantes anuncian opciones “sin gluten”, el reto no suele ser encontrar un plato adaptado, sino confiar en que no habrá contaminación cruzada y ahí es donde salir a cenar deja de ser completamente improvisado. Lucía Martínez (@lu.singluten) lo recuerda como se recuerdan los hábitos que se aprenden a base de pequeños golpes. Le diagnosticaron hace diez años y, al principio, actuaba resolviendo sobre la marcha. “No era consciente de que necesitaba planificar y conocer previamente los sitios”, dice. Lo que para otros es un plan espontáneo, para ella era un riesgo mal calculado. Hambre, prisa, una carta mal señalizada, un camarero que sonríe y dice “sí, sí, sin problema”. Y luego la sospecha, que muchas veces termina confirmándose en forma de problemas digestivos.