Dos culturas, sin aparentes lazos en común y separadas por miles de kilómetros, se dan la mano a la mesa
En mayo de 2012, cuatro amigas procedentes de Berlín emprendieron un viaje de varios días por Madrid. Al igual que otros turistas, se alojaron en un Airbnb de la calle de Bárbara de Braganza, ahora conocida como el eje central del barrio de Salesas, con vistas al convento del mismo nombre y el cielo tornasolado tan mitificado de la capital. “Me enamoré enseguida de la ciudad. ‘Me encantaría vivir aquí algún día’, repetía sin cesar a mis amigas”. El deseo de Nino Kiltava (Batumi, Georgia, 30 años) no solo se hizo realidad unos años después, sino que termin...
aría abriendo justamente en el local que divisaba desde esa habitación su tercer restaurante. Persimmon’s, la fruta más popular de su país —nuestro ‘caqui’— es uno de los vértices del viaje culinario que esta georgiana ha erigido en poco más de tres años por el barrio de Justicia a través del recetario georgiano, y que es la comidilla de toda la zona.
Un boom gastronómico, que secundan otros restaurantes repartidos por la ciudad, cuanto menos curioso: estamos ante un país que no roza los cuatro millones de habitantes; sin embargo, España tiene registrados más de 20.000 residentes de allí, la quinta comunidad más grande de Europa. Hasta hace poco, Barcelona había sido la residencia habitual de la diáspora georgiana en nuestro territorio, pero, como sucede con otras comunidades extranjeras, la tónica general es que Madrid resulta cada vez más atractiva al migrante que busca establecerse aquí. “Esto se debe a su gente. Es una ciudad que acoge con cariño y curiosidad. Ha recibido nuestra cultura y nuestra cocina con mucho interés y respeto”, confiesa Kiltava.






