La falta de refugios y las colas para comprar comida agravan el desgaste de la población ante los bombardeos
A casi dos semanas desde el inicio de la guerra, los testimonios de los iraníes vislumbran angustia e inquietud. “Los primeros días le decía a mi hija que estos ruidos eran por la fiesta de Chaharshanbé Suri (en Irán la noche del último miércoles del invierno se celebra con fuegos artificiales), pero ahora tiene pesadillas todas las noches", explica preocupada Simin, residente en Teherán. “Elnaz [su hija] tiene mucho estrés; con el más mínimo ...
ruido se nos encoge el corazón”. Ella, especialista en gestión turística, trabajaba antes en una agencia de viajes, pero ya lleva varios meses en paro.
Al comienzo de la guerra, muchos recibieron con alivio la noticia de la muerte de Ali Jameneí. Sin embargo, reconocen que la prolongación del conflicto y la ausencia de una salida clara empiezan a generar inquietud. Farid, contable casado de Isfahán, en el centro de Irán, lo resume así: “Nuestra alegría duró solo aquella noche en que supimos que Jameneí ya había muerto; después comenzaron, poco a poco, las preocupaciones”.
Se refiere sobre todo a las dificultades cotidianas que afronta la población. “Para mucha gente el problema ahora es conseguir alimentos básicos a precios elevados, las colas para comprar pan y la incertidumbre constante sobre qué lugar bombardearon anoche y cuál atacarán esta noche”, lamenta Farid. Él perdió a un amigo durante las protestas de enero y asegura que aún mantiene la esperanza. “Estoy dispuesto a soportar las dificultades y luchar hasta que este régimen se vaya”, agrega. Aun así, no todos los iraníes parecen capaces de resistir una guerra prolongada.









