En Teherán las bombas de EEUU e Israel no dan tregua, las autoridades vigilan de cerca las calles y el precio de los alimentos sube, mientras los ciudadanos evitan las manifestaciones, aún traumatizados por la sangrienta respuesta a la revuelta de enero
En la capital iraní, algunas escenas en las zonas más dañadas recuerdan a las de Gaza. Tuberías de agua rotas, coches aplastados por los impactos, enormes agujeros en el suelo y escombros por todas partes son imágenes que muchos iraníes solo habían visto por televisión y no la realidad con la que ahora se despiertan por la mañana, mientras Estados Unidos e Israel intensifican su ofensiva, que ha causado ya más de 1.300 muertos. Detrás de las ventanas, se adivinan sombras de personas que en medio de la noche tratan de averiguar cuáles han sido los nuevos objetivos.
Aún traumatizados por la sangrienta represión de las protestas contra el Gobierno de enero, los ciudadanos tratan de seguir adelante con sus vidas bajo una nube de humo y el estruendo de los proyectiles estadounidenses e israelíes.
El sábado, último día festivo de una semana de luto por la muerte del líder supremo, Ayatolá Ali Jameneí, las calles de Teherán amanecieron aparentemente tranquilas, a pesar del ruido de los aviones de combate, que cruzaban un cielo algo nublado. Algunos ciudadanos hacían recados esenciales y compraban alimentos, sin rastro alguno de los famosos y eternos atascos de la capital. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, excepto las de alimentación y productos de primera necesidad. Muchos han evacuado la ciudad durante estas largas vacaciones y se han desplazado en masa a las zonas turísticas del país, en la costa del mar Caspio.






