El modelo de alimentación de los colegios debe combinar salud y atractivo gastronómico. Para saber si un menú es bueno o no, los padres deben fijarse en cuestiones como la frecuencia de verduras o la presencia de pescado

El comedor escolar tiene un servicio funcional: cubrir la necesidad básica de alimentar a los alumnos en horario lectivo. Aunque en la actualidad parece que esto va cambiando. La preocupación por

lpais.com/sociedad/2024-09-25/la-brecha-del-sobrepeso-entre-ninos-de-familias-ricas-y-pobres-no-deja-de-aumentar-a-menos-renta-mas-obesidad.html" data-link-track-dtm="">la obesidad infantil, el exceso de ultraprocesados y la pérdida de hábitos mediterráneos ha colocado la alimentación en el centro del debate educativo. A ello se suman los problemas de siempre: hay pequeños que rechazan los alimentos porque tienen déficits en la cocción, no les gusta el menú o la presentación no es buena. ¿Qué se puede hacer para que la comida de comedor sea más saludable y, por qué no, más atractiva, y se consiga que los menores coman mejor?

Y hay centros que ya se han puesto manos a la obra. Un ejemplo es el colegio concertado en Primaria y privado en Secundaria y Bachillerato Santa María de la Hispanidad, situado en el barrio de Hortaleza en Madrid, donde comen a diario cerca de 900 alumnos. Este centro educativo decidió transformar la hora de comida por una necesidad técnica, pero terminó siendo una labor pedagógica. “Siempre hemos tenido cocina propia, pero con un equipamiento obsoleto y un enfoque tradicional”, explica Pablo Carbajo, su director gerente. “La renovación de las instalaciones fue el punto de partida para repensar todo el modelo gastronómico”, añade. El rediseño no solo modernizó la maquinaria y los espacios de cocina y conservación, supuso un cambio de paradigma: “Descubrimos equipos que permitían procesos de cocinado más saludables y flexibles. Pero lo diferencial fue la formación del equipo de cocina para sacar el máximo partido a esa tecnología”.