En América Latina y el Caribe, millones de niños llegan a clase con el estómago vacío. Es un dato difícil de digerir en un mundo que produce suficiente comida para todos. Para muchos, la escuela no solo es un espacio de aprendizaje, sino el único lugar donde pueden contar con una comida nutritiva al día. Para sus familias, especialmente en comunidades vulnerables, los programas de alimentación escolar son mucho más que un complemento: son una red de protección real, diaria y silenciosa.

Dar de comer en la escuela no es solo una cuestión de asistencia social; es una de las intervenciones más efectivas que existen para mejorar resultados educativos, reducir el abandono escolar y romper ciclos de pobreza. Mientras los países han logrado recuperar algo del terreno perdido durante la pandemia, la inseguridad alimentaria sigue golpeando fuerte. La paradoja es que América Latina y el Caribe es una de las mayores regiones exportadoras de alimentos del mundo —produce suficientes calorías para alimentar a más de 1,3 veces su población—, pero poner un plato sobre la mesa cuesta hoy más aquí que en cualquier otra parte del planeta: 4,56 dólares diarios por persona, según el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (WFP, por sus siglas en inglés).