El conflicto expone a la economía mundial a un nuevo ‘shock’ de consecuencias imprevisibles. Una guerra de varias semanas provocaría un impacto leve, pero empresas y bancos centrales están en vilo

Todo el mundo tiene un plan hasta que le pegan un puñetazo en la cara, dice una frase célebre del boxeador Mike Tyson. La economía mundial parece haber inventado el arte de resistir golpes múltiples y variados, sin tener mucha idea de por dónde caerá el próximo, rehaciendo todos sus planes sobre la marcha y sin llegar a desplomarse sobre la lona. Desde la grave pandemia de 2020 y el coma inducido que implicó, el mundo ha ido encadenando un choque tras otro sin caer en una recesión generalizada. Tras la covid, la invasión rusa de Ucrania provocó una sacudida energética que, junto con el bloqueo de la cadena de suministros, desató la peor crisis inflacionista en cuatro décadas. ...

Los bancos centrales respondieron con una drástica subida de los tipos de interés, que normalmente provoca graves crisis, pero lograron algo tan improbable que se consideraba casi como una aparición mariana, una “inmaculada desinflación”, según la jerga de los economistas anglosajones. Aquello del aterrizaje suave. Y entonces regresó Donald Trump a la Casa Blanca, declaró una guerra comercial a diestro y siniestro, de impacto global, y puso a los gobiernos, a los guardianes de las política monetaria y a las empresas de medio mundo a volver a desechar sus hojas de ruta y volver a pensar en planes b, c, d… La semana pasada, mientras en teoría se estaban manteniendo negociaciones entre las partes, Estados Unidos e Israel atacaron Irán y liquidaron al ayatolá Ali Jameneí y a 40 altos mandos militares. El conflicto se ha extendido ya a toda la región y, como ocurre con cualquier incendio en Oriente Próximo, la llama en la economía y la confianza ya ha prendido y saltado fronteras.