La propuesta del cocinero Cadu Gasparini brilla con un menú degustación de 60 euros y otro por 35
En una esquina de Legazpi, entre edificios de nueva construcción y aceras anchas que aún se debaten por convertirse en barrio o servir de atajos, un local con grandes ventanales brilla de noche y de día. En su interior, el cocinero Cadu Gasparini (34 años, São Paulo) remueve una salsa al ritmo de
>un vinilo de los Arctic Monkeys. Gasparini lleva la mitad de su vida entre fogones y acaba de abrir Flor (Algete, 17, Madrid), un restaurante que, en apenas tres meses, se ha convertido en una de las sorpresas más delicadas y radicales de la capital.
“Comencé trabajando en restaurantes de Brasil a los 17 años y a los 24 decidí mudarme a Italia”, cuenta. Allí estudió y trabajó en el restaurante Gardenia, de Piamonte, una experiencia que confiesa le cambió la vida. “Fue muy intensa, muy dura por momentos, pero aprendí muchísimo”. Después, regresó a su país natal y trabajó en gastronómicos hasta que le entró el gusanillo de regresar a Europa. “Entonces, mi jefe me dijo: ‘Si quieres volver a Europa, no puedes hacerlo como becario. Ya has pasado esa fase”. Y le hizo caso. Aterrizó en Madrid para trabajar como cocinero en la apertura de un restaurante italiano, Isabella, que sobrevivió apenas unos meses antes de que la pandemia lo arrasara. Precisamente, durante ese tiempo, Cadu frecuentaba la cafetería Acid del barrio de Las Letras, donde conoció a su dueño, Federico Graciano. De esa amistad nació Gota, un bar de vinos que comenzó de manera clandestina en el interior de la panadería Acid, otro local de Graciano donde Cadu cocinaba, fregaba y atendía. Ahí comenzó a perfilar una cocina que ya apuntaba maneras.






