Es la táctica que juegan los almendros para que sus hijos puedan beberse cada gota de agua caída en primavera y aprovecharla para crecer, sí. Pero, sobre todo, es un gesto de cuidado hacia las abejas
Es cosa de poetas con cataratas y de grandes escritores de pluma deslumbrada y espíritu atormentado creer que los almendros florecen en pleno invierno para regalarles la vista e inspirarles versos, cuando la verdad es que las florecillas rosadas de papel de seda de estos arbolillos de color de libro antiguo brotan en febrero para proteger la blancura de las sábanas tendidas al...
sol en las azoteas.
No puede decirse que las abejas hibernen del todo. Una buena colonia obrera no se toma nunca vacaciones. Lo que hacen las soldadas, cuando aparece el frío, es encerrarse en la colmena y apelotonarse alrededor de la reina en un gran abrazo zumbante. Hiele o nieve en el exterior, dentro del panal pueden llegar a mantenerse a más de veinte grados, a base de hacer temblar las alas sin batirlas del todo. En este estado de trance grupal, toman a pequeños sorbos la miel que han ido guardando durante el buen tiempo, concentradas en mantener viva la colonia. A la distancia adecuada, el sonido de un panal en invierno es el del ronroneo de un gato en un cojín. Podría decirse que el invierno es, para una abeja, el tiempo que pasa un friolero despierto en la cama, temblando de gusto, arrebujado bajo el peso de las mantas, justo antes del amanecer.






