Proteger la cosecha del frío no deja de tener una reminiscencia atávica y profundamente insertada en la mente del viticultor: la viña hay que defenderla
La primavera nos trae una de las imágenes más espectaculares del año en el mundo del vino: cientos de pequeñas antorchas prendidas durante la noche para proteger de la helada a las vides que ya han brotado. Se trata de una imagen que se repite en algunas zonas españolas, Borgoña, Burdeos y otras partes del mundo....
Durante las noches despejadas y sin viento, el suelo pierde calor por radiación y el aire más frío, al ser más denso, se acumula cerca del suelo: es la llamada helada de inversión. Mover ese aire frío, ya sea con molinos o helicópteros para que se mezcle con el cálido de un estrato superior o aumentar la temperatura de esa zona apenas uno o dos grados puede ser la diferencia entre un brote helado y uno vivo.
Si bien la práctica de encender hogueras está documentada al menos desde mediados del siglo pasado, en los últimos años hemos visto que se ha repetido casi cada primavera. Son múltiples las causas de que cada año, en esta temporada, veamos miles de antorchas encendidas para proteger viñas: el cambio climático, nuevas plantaciones en zonas más expuestas a las heladas donde históricamente no había viña e incluso un poco de impostura y márketing en lugares y noches donde no había tanto riesgo. Y aunque detrás de todo haya un cálculo económico, en el que sólo merece la pena realizar esta operación en aquellas zonas donde la uva tiene mucho valor, salir a proteger la cosecha del frío no deja de tener una reminiscencia atávica y profundamente insertada en la mente del viticultor: la viña hay que defenderla porque no es sólo un negocio, es defender un territorio, un legado, una historia y una identidad.






