El último gran incendio que arrasó buena parte de la provincia de Ourense ha dejado una imagen que cuesta borrar: laderas ennegrecidas, casas rodeadas por ceniza y un silencio extraño en pueblos acostumbrados al murmullo de la vendimia. “El sábado por la noche el fuego estaba a 150 metros de la bodega”, relata Raúl Prada (Cáceres, 50 años), cuarta generación de Valdesil, una de las casas históricas de la comarca. “Lo que nos salvó fue el viñedo. Las cepas hicieron de cortafuegos. El fuego venía muy fuerte, con llamas de varios metros, y se frenó en el camino de acceso”.

El testimonio de Prada resume la paradoja de Valdeorras: la tierra que da vida al godello también ha servido para salvar al territorio. “Una viña cuidada corta el fuego. Pero donde hay maleza o pinar, se desata. Esa es la diferencia”, apunta con calma, midiendo cada palabra y apoyándose en los hechos. Mientras el monte ardía como gasolina, la humedad y la limpieza del viñedo lograron contener el avance del desastre.

Valdesil controla más de 200 parcelas, muchas de ellas en laderas imposibles que exigen un esfuerzo de recolección casi artesanal. Allí se mide el grado de maduración día a día y se programa la vendimia en función de esos datos. Como detalla Prada: “No tenemos una fecha marcada en el calendario; empezamos cuando lo dicen las analíticas. Este año, por pura coincidencia, ha sido exactamente el mismo día que el pasado, 21 de agosto, aunque el ciclo ha sido muy distinto”. La campaña ha estado marcada por un invierno muy húmedo, una primavera irregular y una ola de calor previa a los incendios que adelantó la maduración de la uva.