La fotografía que encabeza este reportaje se tomó en uno de los pueblos más devastados tras el paso de las llamas. En San Vicente de Leira (Ourense), el fuego del incendio del Larouco —el más grave de la historia de Galicia— entró en casas y calles, dejando tras de sí unas 60 viviendas arrasadas, como si les hubiera caído una bomba encima. El jueves pasado, seis alcaldes de la comarca de Valdeorras fueron citados allí por EL PAÍS para hablar de unas jornadas agónicas y agruparse en una instantánea conjunta. Dos de ellos del PSOE, una del BNG y tres del PP. Pero la cita no se produjo como estaba prevista. El fuego la frustró. Hubo quien no se presentó porque se reactivaron las llamas en sus municipios y tenían que seguir coordinando las acciones de los vecinos, que se han enfrentado a las llamas ante la “escasez de medios”. A otros les surgieron inesperadas labores en medio de la catástrofe. Otro regidor rehusó la invitación porque ya por teléfono no podía contener las lágrimas. Finalmente, el relato de estos días lo dan en persona dos alcaldes del PSOE y otro del PP de Castilla y León, por teléfono.
Los regidores piden más recursos para Ayuntamientos cuyos medios son exiguos, sobre todo para las tareas de desbroce y limpieza, sostienen. También solicitan nuevas normativas para la actual situación de la España rural —ahora vaciada— en favor de la prevención, contando para su redacción con la “gente de los pueblos”. Y exigen a los grandes partidos, PSOE y PP, que aparquen sus diferencias para atajar la crisis. Unas demandas que comparten ediles de otras comunidades autónomas. “Tendrán que sentarse y envainársela, tienen que envainársela”, sentencia Enrique Álvarez, alcalde socialista del concello de Vilamartín de Valdeorras, al que pertenece San Vicente de Leira, mientras pasea por lo que queda de la aldea donde nació su padre.








