Durante décadas, las películas persas han mostrado su cultura y su geografía humana. Hoy, sus grandes directores viven exiliados en Europa

Cuando se instauró la República Islámica en Irán en 1979, esa dictadura que hoy se tambalea decidió, encomendándose al islamismo radical que defendían, que del cine persa desaparecerían las mujeres y el amor. Pero a la vez pensaron que el cine podía ser un arma ideológica de consumo interno antioccidental y una herramienta propagandística en festivales internacionales. En ausencia de prensa libre, en cambio, la explosión creativa de esa filmografía ha servido para que el resto del mundo comprendiera la falta de libertades que ahoga Irán, que ha acabado con los principales cineastas farsíes exiliados por Europa. Incluso Mohammad Rasoulof, en redes sociales, ha celebrado la muerte del máximo l...

íder de su nación, el ayatolá Jameneí. Uno de los países más cultos del mundo —con un prestigiosísimo museo del cine en Teherán— sufre, de nuevo, otra ola de destrucción.

Durante décadas, el cinéfilo mundial ha asistido asombrado a una explosión creativa fílmica iraní que ha superado cualquier cortapisa. Si no se dejaban contar historias femeninas y de amor, se usaba a niños como protagonistas y así construir alegorías a prueba de censores. El primer nombre conocido y el que alcanzó el estrellato fue el fallecido Abbas Kiarostami (1940-2016): a inicios de los noventa ya se había proyectado su cine en Europa y en 1996 ganó la Palma de Oro con El sabor de las cerezas. Antes de la Revolución había trabajado en el Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes Adultos, donde fundó el departamento de cine, así que sus primeras películas fueron con niños. Kiarostami solía rodar en entornos rurales, muchas conversaciones en coches y en tono de fábula subrayado por la ambigüedad de lo narrado: fue su estilo, sí, pero también la mejor manera de regatear la sombra de los ayatolás.