Durante la dura crisis de los noventa, el régimen exploró modelos para sobrevivir sin perder nunca el poder. Hoy, ante una crisis aun peor, historiadores y economistas cubanos analizan los posibles escenarios

Cada vez que el castrismo ha estado contra las cuerdas, siempre ha buscado la manera de sobrevivir. Tras la invasión fallida estadounidense de Bahía Cochinos en los sesenta, se echaron definitivamente en brazos de la Unión Soviética. Y cuando cayó el bloque soviético, encontraron otro colchón con Venezuela y los gobiernos de la izquierda bolivariana. Pero entre un salvavidas y otro, pasó más de una década. Los años noventa fueron un tiempo de pruebas y giros en Cuba. Sin apenas ayuda exterior, llegaron los primeros gestos de apertura económica, se despenalizó el dólar y aparecieron algunos pequeños negocios privados. Mientras abrían la mano, empezaron a estudiar a fondo otros casos de regíme...

nes autoritarios que han transitado hacia una cierta apertura, económica más que política, pensando en la manera de sobrevivir sin perder nunca el poder.

A finales de los noventa, una comisión del Gobierno llegó incluso a viajar a China y Vietnam para evaluar el paquete de reformas que implantaron ambos regímenes comunistas para abrirse al mercado. También se estudió la experiencia mexicana del camaleónico PRI, que aguantó siete décadas en el poder con una etapa final que desmanteló gran parte del peso del Estado en la economía. Se escribieron informes y recomendaciones, pero aquello no duró mucho. Fidel Castro nunca estuvo muy convencido de que fuera posible un equilibrio entre las fuerzas del mercado y el control del Partido Comunista. A principios de la siguiente década, el propio Fidel cerró la puerta y apretó las filas. Aquella comisión económica de estudiosos quedó disuelta y se creó una especie de Gobierno paralelo, el Equipo de Coordinación y Apoyo del Comandante en Jefe, con competencias para asegurarse de que los ministros de turno no se salieran del guion.