Tras 67 años, el régimen castrista solo ha traído una devastación que tardará años reconstruir
Se ha dicho hasta la saciedad que la culpa es de los yanquis. Que todo habría sido distinto sin el embargo. Se omite, claro, que el embargo nunca ha sido tal, que Cuba ha comerciado con muchísimos países. En el mismo sentido, se ha llevado a alturas mitológicas el argumento de los logros que el régimen castrista alcanzó a tener en salud y educación. Menudos logros subsidiados por el totalitarismo soviético. Valiente educación que ordenaba a los lectores qué leer y qué no leer. La verdad es otra....
Todo comenzó cuando el barbado redentor bajó de la Sierra Maestra con la actitud que recogería una canción que se volvió popular: “Y aquí pensaban seguir / jugando a la democracia / y el pueblo que en su desgracia / se acabara de morir /(...)/ Y se acabó la diversión / Llegó el Comandante / y mandó a parar”.
Detengámonos en cada línea. Bajo el régimen de Fulgencio Batista, Cuba no “jugaba a la democracia”: era una dictadura brutal que había interrumpido la continuidad republicana. Al llegar el Comandante no la “mandó a parar”. Más bien instauró la primera dictadura del continente que no se avergonzaba de su nombre: concentración absoluta del poder en su persona, supresión de todo vestigio de un Estado de derecho; abolición de todas las libertades, partido único, dogma marxista, campos de reeducación y trabajo, persecución de homosexuales, presos políticos, espionaje y control institucionalizados a cargo de los CDR, Comités de Defensa de la Revolución, que Fidel llamó “un millón de tapabocas”. Un estalinismo con palmeras subsidiado por la patria de Stalin.






