Actitudes parentales como la presión, la restricción o el control sobre lo que comen sus hijos influyen negativamente en su capacidad de autorregulación del apetito

Siempre hemos atendido a cómo comen nuestras hijas, hijos, sobrinos, en general los más pequeños e indefensos a nuestro cargo, proporcionándoles una alimentación que les permita crecer, que los haga fuertes y sanos. Procuramos que coman fruta, verdura, que se convenzan de que el pescado está rico, que aprendan a comer legumbre y un buen puche...

ro. Con especial empeño, reducimos la bollería y los ultraprocesados, los aperitivos y las chucherías para días especiales.

Sin embargo, descuidamos totalmente su relación con la comida; por eso no cuidamos cómo hablamos de ella, ni de nuestro cuerpo, a veces también del suyo, en su presencia. Como si la comida y la manera en la que hablamos de ella y de nuestro cuerpo no fueran otra manera de cultivar la relación con la comida que van a tener desde la infancia.

Delante de ellos hablamos de comida basura, de mierda, de “comida de gordos”, un sinfín de calificativos que dividen la comida en buena y mala, así sean sus características nutricionales. A la vez, olvidamos que los menores conocen esta comida porque un adulto se la ofrece, y luego nos llevamos las manos a la cabeza si les gusta. Desde esta dicotomía entre el bien y el mal, comenzamos una difícil relación con la comida, que sin duda generará culpa cuando se elijan esos alimentos no tan sanos. Si además los comentarios alrededor de estos alimentos por parte de los adultos van acompañados de conductas compensatorias, las niñas y los niños aprenderán que no se pueden comer estos alimentos de manera libre, sino siempre con una contraprestación. Y así es como se siembran las semillas de una relación muy complicada con la comida.