Espero de Uclés la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso

Una de las peores cosas del mundo de hoy es el aumento del ruido. Y no me refiero a los decibelios, que también, porque vivimos en unos entornos urbanos ensordecedores, sino al ruido social, emocional y psíquico. Andy Warhol fue profético cuando dijo eso de que, en el futuro, todas las personas tendrían sus quince minutos de fama. El futuro ya está aquí, en eso y en todo, hasta el punto de que las novelas de ciencia ficción parecen relatos costumbristas; en cuanto a los quince minutos warholianos, me temo que todo quisque ha pasado ya o puede pasar por una de esas momentáneas tormentas en las redes que te catapultan a una fama inmediata. Para peor, creo que la mayoría de las veces lo que te cae encima es una mala fama. De modo que son quince minutos de infamia que nos rondan a casi todos, porque es uno de los platos que se degustan con mayor deleite en la sociedad actual. Y es que, dentro de esa exacerbación del ruido que vivimos, nos chifla mitificar, y poner por las nubes a alguien, y lanzarlo al estrellato de la noche a la mañana con estruendosas fanfarrias, pero aún nos gusta mucho más, nos enloquece, vaya, machacar al que antes hemos elevado, aporrearlo a conciencia, bajarle la cresta a martillazos. Algo de esto le está pasando por ejemplo a David Uclés, el autor de La península de las casas vacías, que, desde mi punto de vista, fue loado en exceso en su momento, y al que ahora están atizando con irracional furia africana (dicho que viene del odio de los cartagineses hacia los romanos, no se me pongan políticamente correctos). Yo creo, como Sergio del Molino, que la democracia consiste en conversar con quienes no opinan como nosotros, pero ¿de verdad que este chico lo hacía antes todo tan bien y ahora lo hace tan mal? Espero de Uclés, a quien apenas conozco, y de la formidable ambición y voluntad que le llevaron a escribir las 700 páginas de su primera novela, la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso, para poder seguir avanzando paso a paso por el camino de la obra, que es indistinguible del de la propia vida.