“¡Pero qué mal anda el mundo!” es la queja que oigo a todas horas, comprensible si vemos que no hay un solo país de Occidente en el que los ignorantes no hayan sustituido a los ilustrados

En la oscuridad, al despertar, enciendo el móvil y de él inesperadamente brotan imágenes que los subtítulos califican de “emocionante momento en el que un burro corre desde lejos para reencontrarse con su dueño”. Estupefacto, veo al burro avanzar en dirección al ojo de la cámara que a la vez es mi propio ojo, y por eso veo también cómo el burro está a punto de frotarme la nariz. ¿Pero será posible? ¿Es admisible que, a estas alturas y disponiendo de una sola vida, tenga que entrar en el nuevo día visionando los pasos de un burro? ...

¿Quién nos programa estos despertares? ¿Dios en persona? ¿O es la ballena Moby Dick, con esa turbadora blancura total que, según Melville, intensifica los miedos más profundos de la condición humana?

“¡Pero qué mal anda el mundo!” es la queja matraca que oigo a todas horas, una queja comprensible si vemos, por ejemplo, que no hay un solo país de Occidente en el que los ignorantes no hayan sustituido a los ilustrados. Pero es una queja antigua, que se volvió insistente hacia la segunda mitad del XIX, cuando entraron en crisis los grandes logros del siglo de las Luces. ¿La civilización occidental, con su fe en el progreso, había dado un giro evolutivo que la había llevado ante la blancura total de un callejón sin salida? ¿O era que el futuro ya no pertenecía al ser humano pensativo e hiperconsciente, sino al ser bruto, nada reflexivo, burro de morirse?