La izquierda ha virado su discurso para acostumbrarse a la nueva normalidad de la desigualdad, en lugar de recuperar los ideales de antaño
Se ha puesto de moda negar que la clase media haya existido alguna vez en España. Algunos dirán que todo es clase obrera; algunos, porque son ciudadanos que dependen de su trabajo, y otros, que es porque no poseen los medios de producción. El sistema tiende a negarle a la gente aquello que ya no puede ofrecerle. La realidad es que si hoy la Constitución de 1978 se ve impugnada por el auge de la ultraderecha es porque —probablemente— los ideales clasemedieros alguna vez existieron en nuestro país de forma más realista que ahora....
A fin de cuentas, la clase media fue condición necesaria para que arraigara la democracia en Occidente. Es la existencia de una capa de individuos, ni muy ricos ni muy pobres, lo que induce a pulsiones moderadas y a la legitimación del sistema. Cuando la gente siente que puede realizar su proyecto de vida quiere que el modelo perdure. Para ello, es fundamental ese componente aspiracional: la sensación de que existen incentivos, de que uno puede ir a más gracias a las herramientas del Estado del bienestar, que es lo que permite a la clase trabajadora trascender su situación de partida. Al contrario, cuando la gente siente que ya no puede llevar una vida digna, empiezan los cuestionamientos: hoy sabemos que un 26% de nuestros jóvenes varones —una generación precaria en vivienda y salarios— no vería problema en tantear opciones autoritarias en algunos casos. La democracia no solo se legitima por sus bondades políticas; también por sus resultados. Muestra de que a partir de los años ochenta se fue consolidando ese paradigma de clase media es que la generación del baby boom, de hecho, es la que tiene la mayor adherencia a la democracia.






