El malestar de los jóvenes tiene mucho que ver con las expectativas frustradas que ha dejado la izquierda en la última década
Se ha puesto de moda entre algunas voces progresistas llamar “fachapobre” a los votantes precarios de la ultraderecha. Cabría reflexionar sobre lo despectivo del término. Nuestro país registra hoy la juventud más derechizada de la democracia —según el CIS— y seguramente la mayoría de ellos no venía así de cuna, ni puede reducirse todo a los bulos que circulan por las redes sociales, o a la reacción antifeminista....
Su malestar tiene también que ver con las expectativas frustradas que ha dejado la izquierda a lo largo de la última década.
Fue muy revelador que un fundador de Podemos se jactase, hace unos días, de que él podía permitirse ir a ciertos restaurantes y pagarse una sala VIP de aeropuerto, en respuesta a uno de esos habituales vídeos publicados por Vito Quiles. La metáfora se hace sola. Mientras uno de los líderes surgidos del 15-M exhibe su estatus, la mayoría de los jóvenes actuales no pueden ni emanciparse. Si en 2011 la juventud llenó las plazas porque era una tragedia pensar que jamás serían propietarios, hoy no pueden siquiera pagarse una habitación alquilada en un piso compartido con otros. Todo orden en declive se hace notar por sus símbolos. La nueva izquierda nació hace 11 años para canalizar la protesta de una generación que entonces ya sospechaba que viviría peor que sus padres. Es evidente que en eso ha fracasado, o ya no sirve para ese cometido, a la vista de qué votan hoy los nuevos indignados.






